jueves, 19 de junio de 2008

Problemática:

La vida pública en la República Argentina está diezmada por la corporación política, que a lo largo de los años a los que mi memoria me permite acceder ha impuesto y alimentado la visión colectiva de que todo lo relacionado a la política y la participación pública está salpicado por la corrupción, el enriquecimiento individual y la estafa a las arcas del estado.

El ciudadano honesto o relativamente honesto no quiere involucrarse porque sabe que será acorralado, tentado y finalmente corrompido o en su defecto será denostado, perseguido, vilipendiado y expulsado de la vida pública.

No existen mecanismos que difundan y aliente la participación más allá de la concurrencia a emitir el voto.

El Partido Justicialista está marcado en su raíz por un estilo personalista, sin lograr superar a su creador y repleto de desaforados que solo quieren emularlo (que el partido sea renombrado con su apellido).

La UCR tiene una imagen pública asociada al legalismo extremo que no le permite desarrollar una administración ejecutiva eficiente. Buena parte de sus dirigentes han cambiado de partido.

El resto de la masa opositora es una plastilina que se divide y se fusiona múltiples veces en breves períodos, cambiando de nombre, pero siendo siempre un subconjuntos de un total más o menos estable.

En definitiva, la Argentina no cuenta con una estructura de partidos sólidos y perdurables.

No contamos, como pueblo, con un proyecto de país ni de Nación. Cada uno que accede al poder recrimina la herencia que ha recibido, destacando los errores y desconociendo los aciertos.
Vivimos en el pasado, discutiendo entelequias y visiones perimidas y anacrónicas.

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